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La tensión por la segunda vuelta electoral ha ido en aumento. El elemento de la mezcla de religión con política es imposible de pasar por alto. Las discusiones se ven determinadas no por la profundidad de los argumentos que se plantean sino por las “esquinas” en la que nos ubiquen o nos ubiquemos. Estas elecciones nos han tocado la médula de las emociones, y como defensora de la libertad de expresión y de conciencia, quiero tratar de compartir mi experiencia con la religión y la razón por la cual no dejo de repetir que la religión no es nunca el problema, sino el uso de ésta por parte de algunas personas para adquirir poder político y económico, aprovechándose de las situaciones de vulnerabilidad debido a la pobreza y/o desesperanza.

Mi primer contacto con la religión: mis abuelas

Creo que mi primer contacto con la religión, fue a través de mis abuelas. Mi abuela paterna “Chita”, cuyo nombre en realidad era “Renée”, tenía una estatua del “Corazón de Jesús”. Yo le tenía pánico porque me parecía de película de terror, lo cual se sumaba por un lado a sus historias de los sueños en que mi abuelo, fallecido incluso antes de que yo naciera, le daba los números de la lotería y por otro a los cuentos de sustos que contaban mis tías, a quienes les “escondían” las llaves y se las volvían a tirar o aparecer donde no tenían que estar. Por supuesto, que para repeler esto, pues se rezaban un “padrenuestro”. Los funerales en mi familia paterna eran una ocasión para actualizarse en lo que le había ocurrido a fulanito o menganita, y estaban siempre llenos de chismes, risas y alegrías, aún para aquellas personas que habían sufrido la pérdida directa. Si hay alguien que no lo recuerde así, al menos les puedo dar fé de que esos son mis recuerdos de niñez. 

Mi familia materna, en cambio, era mucho más rígida y formal en su catolicismo. Mi abuela materna, “Mamá Blanqui”, nombre que derivó en “Malanqui”, fue una de las mujeres más bondadosa que yo he conocido. Su creencia religiosa, y por supuesto su mandato social de maternidad, la compelía a cuidar de todas las personas que le rodearan. Siempre tenía su medallita y todas las noches rezaba por todos y todas que éramos su familia. Creo que nunca falló una noche. Ella nunca, intentó que yo rezara con ella pero me encantaba estar en sus oraciones. Siempre me sentí amada, aceptada y cuidada por mi abuela a pesar de no compartir las mismas creencias.

En resumen, ninguna de las dos me obligó nunca a rezar ni a ir a misa, y de eso, yo lo que entendí es que cada quien creía en lo que quería y todo el mundo era feliz. Creo que la única persona de la que sentí presión de ir a misa fue por parte de un tío político y mi madre me enseñó a “zafarme” con excusas para no herir sus sentimientos. Creo que eso fue un error porque no creo que él considerara que también era herir mis sentimientos ir a una ceremonia que para mí no significaba absolutamente nada y que por el contrario, tenía muchas críticas empezando porque no se podía cuestionar nada y menos hacer preguntas en misa.

Las ansías de entender

Como no podía preguntar para entender el sermón, entonces a los 7 años, decidí tomar acción por mi cuenta y le pedí a la señora que me cuidaba que me llevara a su templo. Mi madre no se opuso. Marina, me llevó al grupo de niños y niñas y yo estaba encantada. Podía pintar imágenes de la Biblia, me daban merienda, jugaba y además lo mejor de todo: ¡Podía preguntar! Para mí, fue una maravilla porque mi madre me enseñó, sin importar que fuera niña, que el aprender implicaba cuestionar y cuestionarse. No había nada fuera de límites. Fuí varias veces, hasta que me dí cuenta que no iban a poder responder todas mis preguntas y me aburrí. Y así como mi madre, me había dado permiso de ir, aunque no fuera su fe, así también me dio permiso de no volver.

Pasaron años y yo seguía buscando respuestas, y un buen día, siendo ya preadolescente, una compañerita de escuela en Francia, me invitó a ir a su templo. Fue una experiencia hermosa, donde sentí una comunidad llena de amor y apoyo, o al menos esa fue mi percepción. Ella me regaló una biblia que hasta el día de hoy tengo y que no he perdido a pesar de las múltiples mudanzas. Esa biblia, la traté de leer entera, e incluso marqué con colores algunas partes que me parecían interesantes o que me parecían injustas y/o sexistas. Nos mudamos y hasta ahí llegó de nuevo mi participación en esa comunidad religiosa.

Muchas cosas me ocurrieron desde entonces mientras realizaba mi búsqueda para entender los misterios de las religiones, desde leerme la Enciclopedia de Historia de las Religiones, apasionarme por estudiar la mitología greco-romana, hasta pedir a mi mamá que me dejara ir a las clase de religión de la escuela para luego irme porque no me dejaban cuestionar nada. La conclusión que saqué de todas estas experiencias es que la religión es una elección y sobre todo que se basaba en apoyo, afectividad, solidaridad y nunca en la imposición.

La relación entre las experiencias personales y las elecciones presidenciales en Costa Rica

El reciente ambiente electoral ha creado una falsa división no solo en la sociedad sino incluso en las familias, en todas. Como nos acerquemos a las creencias de las otras personas es determinante y perder de vista que lo que nos debería unir es la construcción de un estado social, democrático costarricense y de derecho, que apunte al reconocimiento y aseguramiento de los derechos de todas las personas y con ello a la erradicación de la pobreza y desigualdad, es algo que no sólo nos perjudica como país sino como personas.

Mi principal preocupación radica en que el próximo poder ejecutivo y poder legislativo se vean compuestos por personas que carecen de total preparación,conocimientos y experiencia en una labor tan delicada y que tiene impacto en todas las personas que vivimos en Costa Rica e incluso en aquellas radicadas en el extranjero.

Este no es tiempo de pensar en soluciones mágicas, es tiempo de apelar a los valores de la solidaridad, la justicia y la igualdad para que todas las personas, con independencia de nuestras creencias religiosas, podamos repensar qué Costa Rica queremos, porque es nuestra responsabilidad asumir la construcción del país que deseamos y necesitamos.

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